Tras la confirmación del positivo del ciclista Roberto Heras vuelve a ponerse de manifiesto la gran traba que amenaza con romper los cimientos de la competición deportiva: el dopaje. El bejarano no será ni el primero ni el último, pero sí uno de los que pasa a engrosar la larga lista de grandes deportistas que lo han perdido todo por querer cumplir un sueño a toda costa.
La vida de un deportista es dura, cualquiera que forme parte de un equipo o que compita en alguna especialidad lo sabe. Requiere de muchos sacrificios, de muchas negaciones, pero sobre todo de un cuidado extremo de la salud para poder rendir al máximo. A tales extremos se llega que en un determinado instante todos los profesionales están casi al mismo nivel, no se puede obtener un mayor rendimiento, pues hablamos de personas, y no de máquinas, y es ahí cuando entran en el juego las trampas.
Según la Comisión Nacional Antidopaje la definición de doping es la promoción, incitación, consumo o utilización de las sustancias y grupos farmacológicos prohibidos y de los métodos no reglamentarios destinados a aumentar las capacidades físicas de los deportistas o a modificar los resultados de las actividades en las que participan. Ateniéndose a este dictamen el caso más reciente, por todos ya conocido, de infringimiento del Plan Antidopaje, que en fechas próximas pasará a ser Ley, ha sido el del tetracampeón de la Vuelta Ciclista a España, Roberto Heras. Por su edad, la sanción de dos años de inhabilitación le obliga a retirarse prematuramente con una sombra de duda que le pesará toda su vida.Muchos otros casos han saltado a la luz y han abierto un arduo y complacido debate. Se trata de una lacra que amenaza con extenderse fuera de lo profesional y convertirse en un problema de salud pública. Por ello, son muchas las instituciones y países que incluyen en sus legislaciones artículos referidos a esta actividad considerada como ilícita y penada en muchos casos con cárcel, ya que la posesión de tales sustancias es comparable al tráfico de drogas, por ejemplo en Francia.
Un asunto que viene de lejosAunque muchos consideren éste como un problema de nuestro tiempo ya en la Antigua Grecia los atletas consumían testículos de animales y plantas para aumentar sus índices de testosterona, y en la América precolombina los incas tomaban cocaína para ganar a sus rivales. Pero es en 1886 cuando se produce la primera muerte, la del galés Linton que falleció en la carrera ciclista Paris-Burdeos, por ingerir sustancias para adulterar su efectividad. Desde entonces el desarrollo del doping tuvo su momento más prolífico tras la II Guerra Mundial llegando a usarse incluso estas prácticas entre los contendientes. Tras la paz, el bloque comunista fue el encargado de elaborar un fármaco que reprodujese los efectos de la hormona masculina. Aunque hasta 1988 no se toma conciencia de la gravedad extrema de este adulteramiento; el caso de Ben Jonhson, que consumió esteroides en las Olimpiadas de Seúl, hizo tomar conciencia de un problema al que había que hacerle frente. Desde entonces y hasta hoy se ha desarrollado una extensa normativa que consta con una Agencia Mundial para su prevención y detección.
Sin embargo, quedan muchos baches que allanar: la lista de sustancias y medicamentos prohibidos es demasiado extensa y hace que a la hora de tratarse, incluso de un simple dolor de cabeza, muchos deportistas no puedan ni tomarse una aspirina. Podemos comprobarlo nosotros mismos si leemos un prospecto de un medicamento, en la mayoría advierte al consumidor de la alta probabilidad de dar positivo en un control antidopaje. Pero también se ha de acabar con las dudas que interesadamente diversos medios de comunicación o entidades cosechan sobre deportistas de prestigio. Por ejemplo, la acusación de L´equipe sobre el ciclista estadounidense Lance Amstrong, una vez que éste, tras la conquista de sus seis Tours de Francia, se había retirado.
Ídolos con pies de barroBajo sospecha o no, lo cierto es que muchos han sido los ejemplos que han esclarecido la gravedad del asunto, una larga lista de grandes nombres como la atleta estadounidense Marion Jones, la también atleta Florence Griffith, el futbolista catalán Josep Guardiola, el corredor español de fondo Alberto García, el esquiador alemán pseudo español Johan Muehlegg, el ciclista italiano ya fallecido Marco Pantani y un sin fin de personas que engorda desgraciadamente un gran recital de nombres que corre prisa empequeñecer.
Porque, eso sí, lo que hay que desterrar del deporte es a todas aquellas personas que se lucran inmerecidamente mintiendo a los aficionados, ya sea el caso de deportistas dopados o médicos que trafiquen, receten y mediquen a los grandes ídolos con pies de barro. A esos, por respeto a la afición sí que hay que alejarlos de la competición profesional pues no merecen representar las esperanzas de sus seguidores ni a sus países. Y también se ha de pedir a las entidades pertinentes que se acabe con la persecución a determinados deportes como el ciclismo y el atletismo por ser actividades extremas; y que se les preste igual atención a otros, a los que no les interesa tocar tanto, como son el fútbol, el baloncesto, el béisbol,...para que todos podamos disfrutar del juego limpio, sin trampas.
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